Diálogo entre el Maestro Akamine y Sensei Raúl: La Búsqueda de la Excelencia
Sensei Raúl nos relató en una oportunidad, muchos años atrás, una parte de su vida compartida con el Maestro Akamine y queremos compartirla en esta sección.

Un pedacito de historia.


Siempre es grato compartir, palabras que salen del corazón.
Mensaje de un kenshinkan a otro kenshinkan.
Escuchen con el espíritu, no solo con los oídos… En el dojo de nuestra Ken Shin Kan, no solo movemos el cuerpo; forjamos el carácter a través de un hilo invisible que nos conecta con el pasado. Para entender hacia donde vamos, debemos tener absoluta claridad sobre de dónde venimos.
El origen: Sensei Akamine.
Graben su nombre: Sensi Raú Fernández de la Reguera Silva. Él no fue solo un discípulo del Shihan Akamine; fue el pueste que trajo la escencia pura de nuestra escuela a estas tierras. Gracias a su disciplina y su voluntad inquebrantable, hoy nosotros tenemos un lugar donde buscar la perfección e iluminación. Olvidar su nombre o su esfuerzo es vaviar nuestra práctica de sentido. La gratitud es la primera técnica que un karateka debe dominar.
La Memoria que no se Olvida.
Un practicante sin memoria es como un árbol sin raíces: ante cualquier tormenta, car. Las tradiciones del Ken Shin Kan, nuestros saludos, la forma en que anudamos el cinturón la etiqueta del dojo, son recipientes que guardan la sabiduría de los antiguos. No son “viejas costumbres”, son lecciones de respeto que se repiten hasta que se vuelven parte de nuestra sangre. Si perdemos la memoria de nuestra escuela, el karate se convierte en una simple gimnasia y nosotros perdemos nuestra identidad.
El respeto al Maestro.
El respeto al Sensei no es un acto de simusión, es un acto de confianza. Él es quien ha caminado el dojo bajo el frío y el cansancio mucho antes que todos nosotros, protegiendo el camino para que hoy sea más claro. Cuando hacen Rei, están diciendo “respeto tu sacrificio y acepto tu guia”. Sin ese respeto mutuo, no hay transmisión de conocimiento, solo ruido.
La claridad del karate.
El karate-do debe ser claro.
Claridad en la técnica: cada golpe y cada bloqueo debe tener un propósito definido.
Claridad en la mente: en el combate y en la vida, si tu menta está nublada por el ego o la duda, perderás y te perderás.
Claridad en el corazón: entrenamos para ser personas íntegras, no para alimentar la soberbia. Mantengan vivo el legado de nuestro maestro Akamine en cada kiai y en cada gota de sudor. Que su práctica sea un reflejo de su respeto y consideración por elser humano a través de nuestra escuela.
El espíritu ken shin kan es estar siempre dispuesto para el Vamos!!!
Autor: Victor Faunes Petit Breuith.
El maestro de té y el ronín (Cuentos clásicos)
El señor de Tosa se dirigió a Yedo, la capital, para una visita oficial al shogun. Había llevado con él a su Maestro de cha no yu, del que se sentía muy orgulloso. El cha no yu, la ceremonia del té, es un arte japonés fuertemente influenciado por el Zen. Cada gesto debe ser realizado con una gran concentración. Se trata de saborear, gracias a un delicado ritual, el misterio del “aquí y ahora”. El Maestro de té tuvo que vestirse como un samurai para poder entrar en el palacio, y por lo tanto debió llevar su signo distintivo, es decir, dos sables. Varios días después de su llegada a Yedo, el especialista de cha no yu no había salido aún del palacio. Varias veces por día ejercía su arte en las habitaciones de su señor, ante la gran alegría de sus invitados. Incluso llegó a oficiar en presencia del shogun. Un día, el señor le dio permiso para dar una vuelta por la ciudad. El Maestro de té, siempre vestido de samurai, aprovechó esta oportunidad y se aventuró por las calles bulliciosas de Yedo. Cuando se disponía a cruzar un puente, fue empujado repentinamente por un ronin, uno de esos guerreros errantes que son o bien valerosos caballeros, o bien truhanes de marca mayor. Este tenía el aspecto de ser de la peor especie. Dijo fríamente:
– Así que eres un samurai de Tosa. No me gusta ser empujado de esa manera: me gustaría que arregláramos esta pequeña diferencia con el sable en la mano.
El Maestro de té, desamparado, terminó por confesar la verdad:
– No soy un verdadero samurai, a pesar de las apariencias. sólo soy un humilde especialista de cha no yu que no conoce absolutamente nada del manejo del sable.

El ronin no quiso creer su historia. Sobre todo porque su verdadera intención era sacar un poco de dinero de esta víctima cuya naturaleza poco valiente había presentido. Fue inflexible. Levantó el tono para impresionar a su interlocutor. Enseguida se formó una multitud alrededor de estos dos hombres. Aprovechando la ocasión, el ronin le amenazó con declarar públicamente que un samurai de Tosa era un cobarde, que tenía miedo de luchar. Viendo que era imposible hacer entrar en razón al ronin y temiendo que su conducta pudiera alcanzar el honor de su señor, el Maestro de té se resignó a morir. Aceptó el combate. Pero como no quería dejarse matar pasivamente, para que no dijeran que los samurais de Tosa no sabían luchar, tuvo una idea: unos minutos antes había pasado por delante de una escuela de sable. Pensó entonces que en ella podría aprender como coger un sable y afrontar honorablemente una muerte inevitable.
Explicó pues al ronin: – Tengo que cumplir una misión que mi señor me ha encargado. Esto me puede llevar un par de horas. ¿Tendría usted la paciencia de esperarme aquí?. El ronin aceptó el plazo, respetando caballerosamente las reglas del bushidô o tal vez porque imaginaba que su víctima necesitaba ese tiempo para reunir una suma de dinero disuasiva. Nuestro especialista de cha no yu fue corriendo a la escuela que había visto antes y pidió una entrevista urgente con el Maestro de sable. El portero no estaba muy dispuesto a dejar entrar a este extraño visitante que no parecía estar en un estado normal, y, sobre todo, que no tenía ninguna carta de recomendación. Pero, impresionado por la expresión atormentada del hombre, decidió finalmente introducirlo y presentarle al Maestro. Este escuchó con mucho interés a su visitante que le contó su desgracia y su deseo de morir como un samurai.
– Este es un caso único -declaró el Maestro de sable.
– No es el momento de bromear -replicó el visitante.
– Oh, de ninguna manera, se lo aseguro. Es usted una excepción realmente. Por lo normal, los alumnos que vienen a verme quieren aprender el manejo del sable y a vencer. Usted quiere que yo le enseñe el arte de morir. De acuerdo, pero puesto que usted es Maestro en un arte incomparable, ¿podría usted servirme una taza de té?.
El visitante no se hizo rogar ya que ciertamente era para él la última ocasión de practicar su arte. Olvidando su trágico destino, preparó cuidadosamente su té, después lo sirvió con una calma sorprendente. Ejecutó cada gesto como si ninguna otra cosa fuera importante en ese instante. El Maestro de sable le observó atentamente durante toda la ceremonia y se sintió profundamente impresionado por el grado de concentración de su visitante.
– ¡Excelente -exclamó-, excelente! El nivel de maestría que usted ha alcanzado practicando su arte es suficiente para conducirle dignamente delante de no importa qué samurai. Usted tiene todo lo que hace falta para morir con honor, no se preocupe. Escuche solamente algunos consejos: cuando vea al ronin, piense ante todo que va a servir el té a un amigo. Después de haberle saludado cortésmente, déle las gracias por el plazo acordado. Doble delicadamente su capa y póngala en el suelo con el abanico encima, exactamente como hace para la ceremonia del té. Átese el pañuelo de coraje alrededor de su cabeza, recójase las mangas y anuncie a su adversario que está preparado para el combate. Desenvaine su sable y levántelo por encima de su cabeza. Cierre los ojos. Concéntrese al máximo de sus posibilidades para bajar su arma vigorosamente justo en el momento en el que oiga al ronin lanzar su grito de ataque. Apuesto que este combate será una masacre mutua.
El visitante dio las gracias al Maestro del sable por sus preciosos consejos y volvió al puente donde le esperaba el ronin. Siguiendo las instrucciones que había recibido, el especialista de cha no yu se preparó para el combate como si estuviera ofreciendo una taza de té a un invitado. Cuando levantó el sable y cerró los ojos, la cara de su adversario cambió de expresión. El ronin no creía en sus ojos. ¿Era el mismo hombre el que se encontraba frente a él? El Maestro de té, en un estado de extrema concentración, esperaba el grito que sería la señal de su último momento, de su última acción. Pero pasaron varios minutos que le parecieron horas y el grito no se dejaba oír. No pudiendo resistir más, nuestro improvisado samurai terminó por abrir los ojos… ¡Nadie! ¡no había nadie frente a él!
El ronin al no saber como atacar a este temible adversario que no mostraba ningún fallo en su concentración, ni ningún temor en su actitud, retrocedió paso a paso hasta desaparecer a toda prisa, bien contento de haber podido salvar su pellejo.